Auto medicación para días que desquebrajan tu interior dejándote
rota. La anestesia de la música en su grado máximo y aún así sientes dolor. No puedes más. La
nostalgia agoniza hasta tal punto, que empiezas a odiarla. En su día no dolía tanto, pensabas que era como recordar pero
pellizcándote el alma, y cuando el dolor es soportable sin apenas esfuerzo, terminas cogiéndole el gusto. Y recuerdos, más recuerdos. Tienen nombre de pesadilla. Algunos tendrían que tener futuro y otros sufrir un exterminio inmediato.

Eso que suena ya no es
lluvia, ya no llueve de la misma forma que lo hacía antes, ya no sonrío al ver las gotas romperse contra el suelo en un tempo casi perfecto. Ahora solo hay lágrimas y alcohol en el suelo, no se oye lluvia, el ruido mata ese sonido, quizá quiere ayudar a olvidar, echarte la mano que nadie te da. Intentas
ahogar recuerdos, sin darte cuenta de que para ahogarles a estos, primero tienes que ahogarte tú, y no, no eres tan
cobarde como para recurrir al suicidio. Te quiebras la cabeza más de
tres mil doscientas veces buscando una forma inexistente de sonreír, recreándola en la cabeza, creyéndote tu mentira. Intentas plasmarla y llevarla a cabo, pero el
Ballantines es más eficaz. Alquitrán y brea.
Los jóvenes de hoy se drogan para soportar el ruido. En invierno refugiarse en ellas por el frío y en verano para huir del hastío. No es la salida más adecuada, pero cuando no puedes más es exactamente lo que necesitas, diligencia, vigor. Algo que queme y duela más que el motivo por el cual no estás de una pieza desde hace tiempo.
"Pon la música más alta, por favor, le estoy volviendo a escuchar."