'¡Mierda!' Me acuerdo perfectamente de que fue lo primero que dije ese día. Y a continuación prosiguió un, 'no hay barra de labios que no rompa'. Iba tarde, como casi siempre, y mi barra de repuesto se negaba a aparecer. 'No hay manera'. Cogí el rosa, aunque el carmín siempre le había sentado mejor a mis labios. Al pintarme, salí, llegué al autobús de milagro, y corriendo (cómo no) Ahora se me resistía el billete, por suerte, el conductor me conocía y me dejó pasar. Yo no me había fijado nunca en su cara, como si no le hubiese visto nunca, vaya. Me senté al lado de un chico joven, más o menos de mi misma edad 'buenos días, señorita'. Le dediqué una sonrisa y un tímido 'buenos días, caballero'. Tampoco le había visto nunca. Me quedaba un largo trecho de viaje y este muchacho no me quitaba el ojo. Le miré y pregunté '¿te conozco?' Su 'que va, me hubiese acordado de ti' fue conciso. Me ruboricé.
Está mal decirlo, pero me pasé 4 paradas más después de la mía. No, no me dormí. Tampoco fui a trabajar ese día. Me dediqué a conocer a ese joven que la suerte o el destino me había preparado para mí.
No estaría escribiendo esto como recordatorio a horas de mi boda con él, la persona a la que de verdad amo, si no fuese por mi vicio de la impuntualidad.