Siempre he sido una cobarde por no enfrentarme a la realidad, por apoyarme en tequila con limón y sal en el mismo pub de los viernes, a la hora de siempre. Dispuesta a consumirme entera y eficazmente. Era un alma afligida y mutilada vagando por los callejones más lúgubres y oscuros de la cuidad, cada noche. De día, el dolor agudo de cabeza, me impide llevar una vida normal. Lo de ser diurna nunca ha ido conmigo. Te juro que si ahora me abro las venas, lo último que sale es sangre. El dolor tiene un color demasiado desagradable. Vivo en una casa con el seudónimo de 'cárcel', porque en verdad, las peores cárceles tienen muros (invisibles, cuidado). Las persianas siempre por los suelos, acompañando a mi autoestima, por si acaso. Aquí ni el mejor vino sabe bien. A mí me da igual, mi paladar y mi tráquea están débiles y abrasados por el alcohol tenaz. ¿Hasta cuando dura esto? Mis problemas no me van a mantener mucho tiempo en tierra firme, las voces de mi cabeza me lo anticipan, y siempre han tenido razón. El licor se me enquista con la rabia y el tedio, el alquitrán y la nicotina con la angustia. Menuda combinación de colores tristes tan excelente. Mientras bebo y fumo pienso en ideas, sin palabras, y si las hay, sin sentido. No estoy acabando con mi vida porque nunca tuve, solo constantes vitales mientras agonizo entre líneas. Pero no estoy sola, ya no. He encontrado en esta prisión la compañía necesaria, apta para aparentar una vida normal dentro mí. Mi equilibrio. Aunque para otros sería toda una causa de inestabilidad. Siempre fue diferente, nada nuevo. Y con esto me refiero a las deformes siluetas de seres imposibles a las que he inventado yo misma para soportarme y soportar. Siluetas que me han asegurado fidelidad hasta mi último día de vida, el más frío de todos.
Lindo frenesí de la escritura. Si me intentas entender empieza por mentalizarte de que este es mi elixir. Técnicamente este es el apartado 'he forzado de más al boli' de mi cuaderno. Disculpen las molestias, mortales.
jueves, 17 de enero de 2013
Tortura sin quejidos.
Siempre he sido una cobarde por no enfrentarme a la realidad, por apoyarme en tequila con limón y sal en el mismo pub de los viernes, a la hora de siempre. Dispuesta a consumirme entera y eficazmente. Era un alma afligida y mutilada vagando por los callejones más lúgubres y oscuros de la cuidad, cada noche. De día, el dolor agudo de cabeza, me impide llevar una vida normal. Lo de ser diurna nunca ha ido conmigo. Te juro que si ahora me abro las venas, lo último que sale es sangre. El dolor tiene un color demasiado desagradable. Vivo en una casa con el seudónimo de 'cárcel', porque en verdad, las peores cárceles tienen muros (invisibles, cuidado). Las persianas siempre por los suelos, acompañando a mi autoestima, por si acaso. Aquí ni el mejor vino sabe bien. A mí me da igual, mi paladar y mi tráquea están débiles y abrasados por el alcohol tenaz. ¿Hasta cuando dura esto? Mis problemas no me van a mantener mucho tiempo en tierra firme, las voces de mi cabeza me lo anticipan, y siempre han tenido razón. El licor se me enquista con la rabia y el tedio, el alquitrán y la nicotina con la angustia. Menuda combinación de colores tristes tan excelente. Mientras bebo y fumo pienso en ideas, sin palabras, y si las hay, sin sentido. No estoy acabando con mi vida porque nunca tuve, solo constantes vitales mientras agonizo entre líneas. Pero no estoy sola, ya no. He encontrado en esta prisión la compañía necesaria, apta para aparentar una vida normal dentro mí. Mi equilibrio. Aunque para otros sería toda una causa de inestabilidad. Siempre fue diferente, nada nuevo. Y con esto me refiero a las deformes siluetas de seres imposibles a las que he inventado yo misma para soportarme y soportar. Siluetas que me han asegurado fidelidad hasta mi último día de vida, el más frío de todos.
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